Juan Antonio García

Finalmente, la Cámara de Diputados rechazó la reforma política largamente anunciada por la presidenta Claudia Sheinbaum, la cual tenía como objetivos fundamentales la anulación de las candidaturas plurinominales y la reducción significativa de presupuesto a procesos electorales. La iniciativa no tenía ninguna posibilidad y es evidente que sólo se presentó para cumplir con un compromiso que ya venía desde la administración de Andrés Manuel López Obrador para dar la percepción de más democracia y estar a la altura de la prometida austeridad republicana.

Además de consolidar la hegemonía del partido Morena, los objetivos de la reforma eran ganar prestigio político como gobierno progresista, así como reforzar la idea de que la cuarta transformación está comprometida con la noble causa de reducir el enorme gasto público que se sigue destinando a instituciones electorales y partidos políticos, a fin de canalizar esos recursos para programas sociales.

Lo cierto es que las posibilidades eran nulas. A nadie le interesaba seriamente reducir el presupuesto al INE y menos a Morena, el partido más beneficiado con una bolsa de 2 mil 615 millones 798 mil pesos, de un total de 7 mil 737 millones. El partido gobernante tampoco quiere la eliminación de plurinominales, pues resulta que donde no triunfe como mayoría obtendrá los segundos lugares y eso le dará posiciones en abundancia.

Claudia Sheinbaum desea que Morena obtenga abundantes recursos y gane candidaturas –no importa si son de mayoría relativa o por la vía plurinominal– para tratar de obtener ventaja en ambas cámaras, sin depender tanto de sus circunstanciales aliados. Su mensaje implícito fue muy claro: “si la reforma se aprueba será muy bueno para la democracia en México, pero si no se aprueba no pasa nada… la gente sabrá distinguir”. Es decir, el pueblo sabio y bueno dará la espalda a los partidos alquilones y se volcará a favor de los demócratas morenistas que están a favor de los pobres.

La apuesta fue que la oposición inconforme rechazara la iniciativa, tal como ocurrió, para dar la oportunidad a Morena de “ganar perdiendo”.  La táctica ya la habíamos visto desde 2024 con el gobierno de AMLO. Yo hago la propuesta a sabiendas de que será rechazada (como pasó también con la iniciativa de enjuiciar a los expresidentes), pero salgo ganando prestigio como reformador progresista, gano muchas candidaturas y garantizo altos ingresos económicos.

Por lo pronto, resultó evidente que a Morena le faltaron muchos votos, sólo contó con 259 y requería 292. El PRI fue muy claro en el sentido de que no apoyaría la iniciativa que, dijo, va encaminada a suprimir a la oposición y romper con el equilibrio de poderes; el PAN la rechazó afirmando que Morena pretende ocultar uno de los vicios más perversos de la política mexicana, que es el financiamiento del narcotráfico a sus campañas políticas.

Un radicalizado Partido del Trabajo rechazó la propuesta asegurando que Morena pretende un “retroceso histórico” al querer reinstaurar el partido de Estado suprimiendo a la oposición, para retroceder a tiempos del PRI. A su vez, el Partido Verde, afirmó tener “hasta 95% de coincidencias” con la propuesta de Sheinbaum, pero de repente encontró suficientes “inconsistencias” como para rechazarla. 

De esta manera, los legisladores morenistas se prestigiaron como consecuentes reformadores progresistas, apuestan a desplazar a sus inconsecuentes y oportunistas aliados del Verde y PT y garantizan seguir siendo los principales beneficiados del presupuesto público y de curules en el Congreso.

 

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